domingo, 29 de junio de 2008

Otro fragmento de una novela privada


Viene de Fragmento de una novela privada escrita por Néstor Luis González.

Martha con h intercalada se acostumbró como sus predecesoras –poco más de una centena de muchachitas- al desagradable tacto de cuellos grasientos, salados y sudorosos; al nauseabundo aliento de licor barato y sarro; a olfatear sin querer la transpiración del pachulí almizclado con tufo agrio; y a la desagradable y aterradora visión de uñas mugres y amarillentas de tabaco añejo hurgando sus zonas más íntimas.
En dos años endureció las pocas entrañas que le quedaban, fue la etapa preparatoria, el trance obligatorio para no errar ni titubear la noche que decidió vomitar las serpientes anudadas en su estomago al pobre infeliz que yacía inerte sobre sus sábanas limpias y que meses antes, la bautizó su mujer, desde la vez que la ayudó a abortar con rezos a los santos y ramas hediondas sacudidas toda una noche en su entrepiernas.
Los funcionarios encontraron el cuerpo del viejo desdentado sobre el charco de sangre que formó a su espalda una figura parecida a las alas de una mariposa. Ella solapada por la sombra de una antigua y coja peinadora, ubicada en un rincón de la también vetusta habitación, inhalaba su penúltimo cigarrillo del día, pues la gorda tan gorda como la palabra gorda, es decir, la dueña de la tasca donde trabajaba a cambio de un cuartucho, le comenzó a restringir el número de cigarros para preservar su salud.

-Imbécil –esputó al cadáver- merecías que te sacaran los ojos…

-Cállate necia
– le interrumpió la matrona- no ha dejado de ser la campurusa ignorante, absurdamente orgullosa y sorda, sorda como una momia, masculló dirigiendo una nerviosa sonrisa a los criminalistas que empezaban a recoger muestras de la macabra y casi irreal escena.

Los de azul la encontraron sentada, distante, con los ojos en otra dimensión, fijos sobre el cuadro colgado en la pared y pintado por un infortunado y nada brillante artista que desplegó sus lienzos en la plaza del centro para rematarlos por tres reales. El lienzo de un desfigurado jarrón con flores amarillas era solo un punto inmóvil que no interrumpía el infinito recuerdo de Yuri, en sus últimos días de aburrida niñez. A pesar del justificado movimiento de personas, su mente se hallaba lejos del lugar, en la tarde cuando regresó de su graduación de bachiller y debió tapar con un gancho de ropa la respiración para no percibir la hedentina del cuerpo de su madre muerta y recoger sus pocas pertenencias para largarse a la ciudad. Ya nada la detenía, su madre había fallecido esa mañana, lo corroboró clavando con un martillo algunos alfileres en la planta del pie.
Tras algunos minutos los meticulosos investigadores voltearon el cuerpo cual si se tratase de un pesado y maloliente jergón, para descubrir la herida mortal que comenzaba en la nuca y terminaba entre las nalgas del anciano, marcando una brecha de carne brotada de sangre seca, grasa y hueso.
Fue entonces cuando Yuri, o más bien Martha con h intercalada como determinó llamarla el dueño de una tienda para darle más “caché”, dio un sobresalto inesperado y ajeno a su hasta entonces aletargado estado, causando fastidio y suspicacia entre los efectivos que realizaba sigilosamente su trabajo. La joven con su teléfono a lo alto comenzó a tomar fotografías y enseguida los uniformados cayeron sobre ella.

-Pero que hacen? Es mi trabajo, bueno casi, estoy estudiando para ser una gran periodista, exclamó con exaltación.

El inapropiado e inescrupuloso comportamiento -o al menos así resultó para los gendarmes- fue el único motivo entonces para pedir su retiro del lugar y escoltada por dos hombres, Yuri fue despojada de lo que pensaba era la primicia que le daría el seguro y magistral ingreso al medio de comunicación más importante de la ciudad.

-Suéltenmeeeeeeeeeee!!! Desalmados!!! Esta historia es mía, me la merezco, se escuchó su voz hasta el silencio por el pasillo del desvencijado edificio.
En la gráfica: La muerte de Marat (en francés La Mort de Marat) es una pintura de estilo neoclásico, obra de Jacques-Louis David y una de las imágenes más famosas de la Revolución Francesa.

domingo, 30 de marzo de 2008

Cuentos de Carrasco: Las lecciones del Tío Guedez.

En la familia Carrasco, tío Guedez era la puerta a la aventura y la independencia, era el tío rico y bueno, despreocupado, irreverente, pícaro y de paso, con porte de galán. Era el dueño de una farmacia, que se convirtió en la primera plaza de empleo de todos los primos de la familia. A los 14 años Antonio Carrasco recibió la ansiada noticia: ¡Toñito vete a trabajar con tu tío Pablo unas semanas que necesita ayuda en el negocio y así te ganas unos realitos para tus cosas, mijo!
Toño cuenta que a partir de ese día comenzó a aprender y comprender muchas cosas de ser grande. Todas, absolutamente todas las anécdotas con el tío Guedez le dejaban una lección de vida, por muy risibles o inverosímiles que resultaran. No siempre era la actitud más responsable la del tío, pero sin dudas eran gestos cargados de amor y buena voluntad. Con dichas intensiones, el tío llego a casarse cuatro veces, con cuatro mujeres llamadas Mercedes, la última tenía nexos consanguíneos con los Carrasco, por lo que Toño terminó siendo el emisario del tío para que la pareja separada, lograra medianamente comunicarse.
Antonio subía las bolsas del mercado hasta el quinto piso del edificio, luego de un periplo por los negocios del centro para conseguir todo de a cuatro, el tolete de queso o carne dividido en cuatro, la rueda de atún cortada en cuatro, eran cuatro los sacos, los potes, los litros, los kilos. Luego de entregar la encomienda con la lengua colgante, recibía el mensaje que transmitía íntegramente al tío Guedez: Mi tío, Mercedes dijo:
ese hijo del grandísimo diablo, desgraciado, malparido de las tres leche, infeliz degenerado, inservible, dile que se vaya para el coño de su puta madre!!!
Antonio usted no repita eso!
le decía siempre con voz calma y sin el menor indicio de enojo en atención al rosario de insultos. Ya era una costumbre heredada de su vida conyugal.
Ya en la farmacia que quedaba en el casco central, Toño se dedicaba a aprender sobre la preparación de los medicamentos que elaboraba el tío Guedez, el ungüento de glicerina y colorante que curaba el reumatismo de todas las viejas del sector, así como el remedio contra las ladillas. Con una seña, Antonio acompañaba al agitado paciente hasta el cuarto trasero, donde el tío aplicaba una generosa dosis de insecticida en las partes íntimas invadidas por los animalitos. Antonio de inmediato y para evitar quemaduras graves, debía asaltar sin pestañeo la zona con una panela de jabón azul y un tobo de agua. El tratamiento aunque arriesgado siempre tuvo resultados infalibles.
En su período de ayudante el ávido adolescente aprendió a preparar también pomadas, jarabes,
gotas y otros remedios, algunos solicitados a domicilio a cambio de un pequeño recargo en el costo. Para mantener este servicio que mejoró enormemente su clientela, el tío Guedez sufrió muchos inconvenientes pues en las comunidades alrededor creció con los años una ola de vandalismo, hasta que Eugenio le pidió contrato. Eugenio era boxeador y de tantos golpes sufrió de un leve retardo mental, por lo que decidió retirarse de esa profesión, la que le sirvió tiempo después para conservar su imagen de rudo ante los delincuentes, y así la quinta y última bicicleta adquirida por el tío para llevar los pedidos a los hogares, es decir, su herramienta principal de trabajo. En años, no hubo quien se atreviera a robar algún encargo despachado desde la farmacia.
No obstante, tío Guedez no podía evitar que los malhechores hicieran de las suyas en ausencia de Eugenio y así un día en el que Toño debió faltar para hacer una tarea especial de la escuela, un par de malandros intentaron robar el Chevrolet año 56 que estacionaba el tío frente al negocio. Guedez al percatarse sacó veloz una pistola que guardaba entre las gavetas de las hierbas e infusiones, y aromatizada en manzanilla lanzó con todas sus fuerzas el arma contra el malvado duo.
Aunque sirvió para ahuyentar a los hombres, la desesperada acción dejó inservible el parabrisa del vehículo.
Conchole es que no pego una!, se quejó ante Toño tras el incidente.
Tío pero porque usted no disparó, en lugar de tirarle la pistola a los tipos esos!
Noooooooo mijo, imagínate si mato a alguien? me sale más barato sale comprar otro vidrio. Venga vamos a tomarnos un trago de whisky a que Luis!!


Serie Cuentos de Carrasco (último de la primera temporada)
Toño Carrasco es un hombre que tuvo una niñez y una pubertad feliz, vivió en una enorme vecindad donde todos sus habitantes compartían como una gran familia. Asegura que vivió su propio Macondo, con situaciones y personajes tan reales y mágicos como los descritos con todo respeto y distancia por el maestro Gabriel García Márquez. Los relatos de Carrasco que escucho con gustosa atención, que me divierten por horas y que estoy segura, le complace rememorar, son como la canción "Sasha, Sissí y el círculo de baba" de Fito Páez, como las melodías de Fiona Apple, como el escaparate de la casa de mi madre, como las letras de la "Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada", se perciben sepia, huelen a lluvia, avena y polvo.

domingo, 23 de marzo de 2008

Cuentos de Carrasco: El último salto de amor de Amparo

Saltando como una rana en medio de la sala fue la última vez que los Carrasco vieron a Amparito. La primera vez, la recuerda muy bien Toño hijo, iba caminando agarrado de la mano de su padre un sábado por la Plaza Bolívar, cuando apareció ese señor y entre alaridos y sollozos se abrazaron eternamente.
Ese mismo día Amparito fue invitado a casa de los Carrasco a comer un cruzado de pescado para, entre sorbos, recordar el pasado en Río Hacha y actualizar los acontecimientos de sus vidas separados.
“Antonio siempre fue un hombre bueno, nos veía, se volteaba y nos dejaba pasar la mercancía en la aduana”, fue la primera referencia que diera Amparito a la familia Carrasco con los pies bajo la mesa del comedor.
Para el reencuentro, Antonio ya no trabajaba en el puerto pero mantenía con un regular ingreso a su familia, con lo que ganaba, podía llevar a casa el pan y alguna que otra inmodestia. Amparito por el contrario, seguía trabajando como esclavo y recibiendo a cambio tres lochas. Sus trapos, su tostada piel y su deshecho rostro lo delataban. Se dedicaba para entonces a arreglar los patios y jardines de casas ajenas.
En medio de la tertulia, a los hermanos putativos se les ocurrió la idea de escribir una carta dirigida a las familias que contrataban los servicios de Amparito, a propósito de que ese mes de diciembre, éste recibiera como incentivo algún tipo de “aguinaldo”.
Como a Antonio le gustaba la buena lectura y escribía modesta pero elegantemente, Amparito, analfabeta e ingenuo, pidió que le redactara la misiva que, de forma sorpresiva para los lectores, detallaba lo siguiente:

Estimado patrón o patrona, damas y caballeros:
Por medio de la presente notificación me dirijo a usted con la finalidad de solicitar su más valiosa y justa colaboración. En estas fechas de paz y solidaridad agradezco de antemano su atención y desinteresada cooperación para la recolección de vestuario y accesorios de lujos que puedan ser de utilidad para los eventos y galas de este mes de diciembre. Cómo comprenderán no cuento con recursos suficientes para adquirir estos artículos por lo que será de gran ayuda puedan facilitarme trajes negros o marrones y corbatas de variados estampados marca Ralph Lauren, así como zapatos y carteras a juego marca Prada, relojes Gucci, colonias y guantes Montblank, preferiblemente un sombrero Stetson de pelo de conejo y un bastón canadiense Thuasne, que combine con todo.
Sin más a que referirme, les deseo pasen en compañía de sus familiares y amigos una Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo.
Amparo Finol.
Conscientes del origen y el carácter humilde de Amparito, los que recibieron la carta asumieron de forma jocosa la petición, por lo que ese año y cómo nunca antes, recibió atuendos, no tan exactos a los descritos en el papel, pero de excelente calidad y buen estado. Lo donado sirvió para su objetivo de lucir acicalado en la temporada, pero además para camuflarse de “ministro” y cumplir uno de sus anhelos bajo las sugerencias del mismo viejo Antonio.
“Si pasas derechito por el portón con esa pinta, sin mirar a los lados y con cara de confianza, los guardias creeran que eres un Ministro, si por el contrario preguntas, te van a echar, yo que te lo digo”, aseguró Carrasco.
Una semana después regresó Amparito con cara de decepción a contar que los uniformados le habían propinado dos culetazos y casi lo llevan preso por intentar ingresar al Palacio de Miraflores como “perro por su casa”. Antonio pasó casi dos días enteros riendo de la travesura de muchacho que cometió contra el pobre jardinero, quien también terminó divirtiéndose de su anécdota y su torpe propósito.
Fue hasta ese día que cruzaron miradas y palmadas de amistad sobre sus hombros. La última vez que se reunieron en la sala de la casa, Carrasco permanecía inmóvil dentro del ataud, mientras unas 10 personas que recostadas a las paredes rezaban el séptimo de nueve rosarios, miraban con estupor y pánico a Amparito, quien no hizo más que saltar durante toda la noche desde que entendió lo que pasaba, no lloró, no preguntó nada, solo gritó y saltó en mitad de la sala hasta que cayó exhausto al piso, dejando evidencia ante todos del tamaño del dolor y de su amor por Antonio.

Serie Cuentos de Carrasco
Toño Carrasco es un hombre que tuvo una niñez y una pubertad feliz, vivió en una enorme vecindad donde todos sus habitantes compartían como una gran familia. Asegura que vivió su propio Macondo, con situaciones y personajes tan reales y mágicos como los descritos con todo respeto y distancia por el maestro Gabriel García Márquez. Los relatos de Carrasco que escucho con gustosa atención, que me divierten por horas y que estoy segura, le complace rememorar, son como la canción "Sasha, Sissí y el círculo de baba" de Fito Páez, como las melodías de Fiona Apple, como el escaparate de la casa de mi madre, como las letras de la "Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada", se perciben sepia, huelen a lluvia, avena y polvo.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Cuentos de Carrasco: Crímenes de Carnaval


La Paraulata era del grupo de mujeres de la casa amarilla, conocida por los del sector y referida a los extraños como el Burdel de Nancy. Allí residían y trabajaban doce personas, entre chicas y travestis, todas jóvenes y la mayoría provincianas que huyeron de pueblos donde crecieron carentes de afecto y monedas. Llegaron por cosas del destino a casa de la vieja Ramona, el que era su nombre real, quien las adoptó a cambio de que comercializaran sus atributos para poder comer completo y mantener al menos el televisor prendido para la novela del mediodía y los seis ventiladores que emitían más ruido que aire pero que simulaban refrescar las infernales tardes. A veces alcanzaba para que Jacinto, el murió disecado años después, reparara las tablas de las camas rotas por tantas noches de faena.
Carrasco decía que quienes pasaran por la acera de enfrente, escuchaban a toda hora carcajadas y cantos, por lo que se especulaba era un hogar feliz y blindado, porque además, entre todas se protegían de la maldad del mundo.
Una vez como si se tratara de un enjambre de abejas al panal, las doce más algunas vecinas intrépidas, rodearon de manotones y gritos a un forastero con raras y aberradas costumbres. El desventurado propuso a una de las mujeres del burdel, la idea de hacerlo con ayuda de un batidor, que nunca se supo de dónde sacó pero con el cual aseguraba había complacido a más de una decena de amantes de diferentes partes del país. Y sin condón dijo el muy desgraciado, repicó Lucia luego del incidente que dejó al foráneo tirado a mitad de la calle, desnudo y rayado cual cebra a causa de la avalancha de rasguños.
Pero la casa amarilla era sólo una de las tantas casas de citas que se abrieron “clandestinamente” en las dos cuadras completas que había que cruzar en el barrio para llegar a la residencia donde vivían los Carrascos. Antonio, el menor de esta familia se reunía junto a su hermano y todos los muchachos de la residencia en el patio, cada carnaval para jugar a la guerra de agua. A la suerte, se asignaba un centinela, era el que debía vigilar desde la entrada a un grupo que asaltaba el edificio entre las 2 y 5 de la tarde para atacar de una manera muy particular a todo el que se atravesara en su camino, por supuesto, en ese horario no asistía un alma en derredor que conociera la tradición. La Paraulata era una de las cabecillas de esta especie de banda temida por todos los vecinos.
Ahí vienen las puuuuutaaaas!! Era el grito de alerta del pequeño Gonzalo, asmático y quien siempre debía asumir el papel de avizor, tras la ronda de monedas lanzadas a la suerte.
Y se trataba nada menos que de la llegada de las damas de la casa amarilla, quienes con abrillantados y exagerados disfraces coloreaban el patio y los pasillos de la residencia, cargando a cuesta bombas repletas no sólo de agua, eran provistas de orine, talco, huevos podridos, harina de trigo, pintura, excrementos de animales y cualquier otra sustancia que arruinara el traje y el humor del inoportuno transeúnte. No había respeto, consideración o absolución para nadie al momento de atinar el nauseabundo cargamento contra alguna desprevenida o incluso cauta víctima. Bastaba asomar la cabeza.
Las putas fueron las únicas que retaron los conjuros de la negra Miranda, quien una vez según lo recuerda claramente Toño, llegó a casa maloliente y manifestando una retahíla de improperios que parecían más bien fragmentos de una maldición. Pero ni ella, ni el sacerdote, ni el médico, ni el retrasado mental de Pablo, es que ni Lorenzo, el loro de los Parras y ni la hicotea de los González, se salvaron. Eran realmente unas criminales.
Eran tan desalmadas que una vez arruinaron el vestido de novia de la flaca Mónica, una joven del tercer piso quien venía de la iglesia acompañada por la familia para celebrar su boda, cuando la Paraulata y las otras dieron su más estridente e inolvidable grito de carnaval.
Del lado de afuera el hermoso y bondadoso Alicate, robaba los reproductores y cauchos de algunos vehículos estacionados por los invitados a la fiesta del desgraciado matrimonio.


Serie Cuentos de Carrasco
Toño Carrasco es un hombre que tuvo una niñez y una pubertad feliz, vivió en una enorme vecindad donde todos sus habitantes compartían como una gran familia. Asegura que vivió su propio Macondo, con situaciones y personajes tan reales y mágicos como los descritos con todo respeto y distancia por el maestro Gabriel García Márquez. Los relatos de Carrasco que escucho con gustosa atención, que me divierten por horas y que estoy segura, le complace rememorar, son como la canción "Sasha, Sissí y el círculo de baba" de Fito Páez, como las melodías de Fiona Apple, como el escaparate de la casa de mi madre, como las letras de la "Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada", se perciben sepia, huelen a lluvia, avena y polvo.

domingo, 2 de marzo de 2008

Cuentos de Carrasco: Pablo y la Paraulata

Pablo González era un hombre de 33 años de edad, pero sufría de retardo mental desde que estaba en el vientre de su madre, por lo que su comportamiento era el de un muchacho de 13. Su obsesión por la música fue aupada por su familia desde que tenía 8 años y el médico de confianza recomendó que era preferible a que estuviese persiguiendo carajitas en el edificio para meter las manos bajo las faldas. Su exacerbada lívido desde muy chico era un síntoma de su enfermedad, por lo que era especialmente vigilado para evitar alguna “embarazosa situación”. Siguiendo las sugerencias del doctor, los González permitieron que el muchacho convirtiera la casa en una especie de rocola comunal, pues Pablo ponía en funcionamiento el estruendoso picó desde que empezaba a cantar el primer gallo y hasta que comenzaban a salir las putas de los burdeles a las esquinas de la vecindad para cazar el “bocao de comida” del siguiente día.
Pablo, quien era dos pisos más arriba vecino de Carrasco, tenía miles y miles de long play
comprados por sus padres, regalados por los amigos en sus cumpleaños y otros donados por desconocidos. En el apartamento había discos por montones, almacenados en los closet y escaparates de los cuartos, en los estantes del baño y hasta en la alacena de la cocina. Había cajones repletos de Lp en cada hueco posible, debajo de las camas, muebles y hasta en el comedor se sentaban de lado para no meter los pies bajo la mesa y aprovechar el espacio. Era un enorme archivo de música de todo tipo, clásica, baladas, merengues, boleros, criolla, rocanrol, infantiles, colecciones para todos los gustos, para complacer a toda la comunidad desde el balcón enrejado donde instaló dos enormes cornetas para compartir su selección diaria con todos.
Pero esta situación no era molesta para nadie, a los vecinos de Calle Pánamo le parecía un beneficio que Pablo mantuviese “ambientada” la vecindad con buena música, además porque así no se escuchaban las peleas entre maridos y hermanos, tampoco las apasionadas reconciliaciones, ni las malas noticias del noticiero meridiano, sólo se cantaba y bailaba y alguna que otra vez, se oía el potente grito de la negra Miranda amenazando a los muchachos para que no le ensuciaran la ropa recién lavada y puesta al sol. El chico recibía llamadas de los habitantes de la residencia, quienes solicitaban se les complaciera con alguna melodía, aunque éste daba prioridad siempre a la familia Carrasco, para evitar, por si las moscas, algún conjuro maligno de la negra.
Al que si le resultaba una real y eterna tortura el bullicio generado por Pablo, era a Don Jorge, su padre. Éste aseguraba que era mejor llevarlo a los burdeles para que drenara su profuso erotismo canalizado a través del escándalo que emitía a toda hora del día el aparato reproductor. Don Jorge, salía después del almuerzo a hacer lo que proponía para su hijo, con la excusa de que sus oídos explotarían en cualquier momento de permanecer por más tiempo dentro de la bulliciosa casa, y así pasaba las largas y calurosas tardes llenando de cariño a la que llamaban la Paraulata. Toño Carrasco nunca supo si la llamaban así por lo parlanchina que era o por el copete colorado y elevado a punta de laca y secador que siempre lucía.
La Paraulata siempre esperaba a Don Jorge, ella pensaba que algún día se decidiría a dejar a la vieja Carmen y a su muchacho mongolico, para irse a vivir con ella lejos de ese lugar. Una tarde se adelantó a la salida de Don Jorge y se apareció en el patio de la residencia, completamente ebria de ron y despecho y unas grandes ojeras de rimel negro.
Cuando Pablo culminó el set de salsa brava que habían solicitado los vecinos, comenzaron a sonar las canciones de Gardel y la Paraulata dejó de bailar. Enseguida empezó a vociferar intimidades que aunque causaron el asombro y la diversión de todos en la residencia, no fueron celebradas en ningún momento en solidaridad con doña Carmen.

“A ese yo me lo he cogido por todos lados”…”A que tu no se lo has visto desde hace años, ni te acuerdas que lo tiene negro y echao pa un lao”…”Ese si sabe complacerlo a una con todo y lo barrigón que está, lo que pasa es que a la vieja no le gusta hacerlo en el piso, saben? yo hasta me raspo las rodillas”…
Pasó media hora antes de que todos se decidieran a abrir nuevamente las ventanas y las puertas y dejar salir a jugar a los muchachos. Miranda empezó a recoger sus sábanas con la idea de asomar la nariz para averiguar porqué ya no se escuchaban los gritos de la Paraulata ni el picó de Pablo y si todo habría terminado en una trágica escena. Ninguno de la familia González dio la cara ese día después del show, fue Federico el hijo de la enfermera, el que informó que Pablo se había ofrecido a llevar a la Paraulata hasta su casa. Y fue así que todos se sentaron a esperarlo en el excepcional silencio de esa tarde y hasta la madrugada cuando varios lo vieron regresar con una gran sonrisa.

Serie Cuentos de Carrasco
Toño Carrasco es un hombre que tuvo una niñez y una pubertad feliz, vivió en una enorme vecindad donde todos sus habitantes compartían como una gran familia. Asegura que vivió su propio Macondo, con situaciones y personajes tan reales y mágicos como los descritos con todo respeto y distancia por el maestro Gabriel García Márquez. Los relatos de Carrasco que escucho con gustosa atención, que me divierten por horas y que estoy segura, le complace rememorar, son como la canción "Sasha, Sissí y el círculo de baba" de Fito Páez, como las melodías de Fiona Apple, como el escaparate de la casa de mi madre, como las letras de la "Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada", se perciben sepia, huelen a lluvia, avena y polvo.

jueves, 28 de febrero de 2008

Cuentos de Carrasco: La Maldición de Miranda

“Estoy tendiendo la inmaculada sábana de doña Carrasco”, gritó por tercera vez al cielo con su voz de soprano. Elevando el tono que acompañaban los gatos del vecindario las mañanas que amanecía cantando coplas de siembra cafetalera, el mismo que aprobaban con gestos las madres, que sacaban sonrisas reprimidas de las hermanas mayores y el mismo que tenía aterrados a los muchachos del edificio.
La voz de Miranda era como ella, grande, poderosa, irreverente, autoritaria, esa era la imagen que “la negra” se había ganado ante los vecinos desde la vez que altaneramente decidió refrenar la mala conducta de los chicos de la cuadra, quienes no tenían compasión a la hora de desbaratar todo el trabajo doméstico realizado con esmero por las mujeres del edificio.
Los pisos abrillantados con cera, paño y brazos, se convertían en las más veloces pistas de carrera y la ropa tendida al sol resultaba un divertido laberinto con pasajes secretos para jugar a las escondidas. Miranda no lo soportó, la enfurecían las marcas de dedos negros sobre la tela húmeda y en su segunda aparición al patio central los muchachos entendieron su contundente advertencia.
El patio era un área aprovechada por todos en la vecindad para reunir a las familias en sus diversas faenas hogareñas, quedaba entre dos edificios que se encontraban de frente. Allí se hacía cada año una gran cena de navidad, los cumpleaños de chamos y adultos, las bodas, las comuniones, se jugaba a la guerra de agua en Carnavales y hasta se velaban a los muertos. A un extremo de esta especie de cobertizo las mujeres dispusieron cuerdas de alambre amarradas entre las ventanas de ambos edificios para colgar la ropa recién lavada.
“Al que me ensucie la ropa le echo un conjuro, ah vaina”, exclamaba con un tabaco encendido en la boca, agitando las manos como para espantar los mosquitos y recitando entre dientes palabras indescifrables que parecían estrofas de una especie de oración vudú.
Otro día, que para entonces no hubo alma que se asomara siquiera al patio, esputó muy alterada la siguiente amenaza. “Al que me manche la ropa le haré un trabajo de mil demonios, lo convertiré en sapo y lo meteré en una lata sellada hasta que se seque”.
Desde ese sermón no hubo vecino en Calle Pánamo que se atreviera al menos a mirar de reojo a alguno de los miembros de la familia Carrasco. Todos los trajes se mandaban a zurcir con doña Carrasco; los primeros invitados a las fiestas eran sus hijos, el vendedor de pescado y el platanero reservaban las piezas más grandes y frescas para la familia y hasta Manolo, el de la miniteca colectiva daba prioridad a las solicitudes de los Carrasco en su lista de complacencia musicales para la vecindad.
El tiempo pasó y Miranda se enamoró en sus breves salidas al abasto, del carpintero que arreglaba las camas de todas las casas de citas de la comunidad, eran tres cuadras de puros burdeles, por eso siempre fue un hombre próspero y visto desde el comienzo con buenos ojos por la familia.
Jacinto era opuesto en raza a Miranda, pero igual de robusto y alto, tan alto que pocas veces al año entraba a la sala de los Carrascos por temor a topar con los ventiladores de techo, a veces gateaba para llegar al baño o al cuarto de su amada. De tanto amor, surgió un embarazo del que Jacinto prefirió no hacerse cargo, lo que causó la despedida apresurada de Miranda de la vecindad, para felicidad de los muchachos claro.
Así fue que sentado todas las tardes en la acera frente a su casa, el carpintero fue disecándose. Con asombro y espanto todos los que conocían la historia sabían que Jacinto tenía el pellejo pegado a los huesos porque “la negra” le había echado una maldición. A poco tiempo el hombre murió y las putas del barrio hicieron esa noche su clientela en los pisos para guardarle luto.
Un par de años siguientes, Miranda regresó a Calle Pánamo no tan negra y con los cabellos pintados de amarillo, a su espalda colgaba siempre una niña hermosa y redonda por donde se le viera, posiblemente a consecuencia de los dos litros de leche que recibía cada mañana para que creciera no tan oscura como su madre.
Por supuesto que nunca más hubo niño o adulto que tocaran las sábanas tendidas en el patio o en su cama, tampoco nadie que se lo preguntara.
“Miranda –le dijo la señora Carrasco con una enorme sonrisa de complicidad- vas a tener que rezarle a todos los santos para que te manden un marido, dicen las vecinas”

A lo que respondió con un dejo de tristeza e incredulidad en sus ojos, “Va si es, señora Carmen, todavía creen en eso? Si es que a mi no se me derriten las velas por no saber cómo prenderlas!
Serie Cuentos de Carrasco
Toño Carrasco es un hombre que tuvo una niñez y una pubertad feliz, vivió en una enorme vecindad donde todos sus habitantes compartían como una gran familia. Asegura que vivió su propio Macondo, con situaciones y personajes tan reales y mágicos como los descritos con todo respeto y distancia por el maestro Gabriel García Márquez. Los relatos de Carrasco que escucho con gustosa atención, que me divierten por horas y que estoy segura, le complace rememorar, son como la canción "Sasha, Sissí y el círculo de baba" de Fito Páez, como las melodías de Fiona Apple, como el escaparate de la casa de mi madre, como las letras de la "Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada", se perciben sepia, huelen a lluvia, avena y polvo. A partir de hoy comparto estos aromas con ustedes.

sábado, 23 de febrero de 2008

Brillante sobre el mic

Hay recuerdos que no voy a borrar, personas que no voy a olvidar, hay aromas que me quiero llevar, personas que no voy a olvidar...
Son dos, las caras de la luna son dos, prefiero que sigamos mi amor presos de este sol...
Dejar, amar, llorar, el tiempo nos ayuda a olvidar y allá, el tiempo que nos lleva hacia allá, el tiempo es un efecto fugaz...
Y hay, hay cosas que no voy a olvidar, la noche que dejaste de actuar, sólo para darme amor...
Y yo vi tu corazón brillante sobre el mic en una mano y ausente de las cosas pensaste en dejarlo y tirarlo junto a mi...
Hay secretos en el fondo del mar, personas que me quiero llevar, aromas que no voy olvidar, silencios que prefiero callar, mientras vos jugas...
Fito Páez (Argentina)