miércoles, 11 de marzo de 2009

El príncipe de los besos de humo

Once upon a time… No tenía capa ni espada y su corcel era plateado, artificial, surreal. El príncipe de su historia era alto, blanco pero no tan perfecto como en los cuentos de hadas, castillos y diademas. Este era un príncipe de verdad, de carne y hueso, pero de materia tan efímera como la de esas historias mágicas. A ella le encantaron sus besos de humo, suaves, eternos, como esas noches que le regalaba y la colmaban de tanto amor, hasta no querer más, al menos hasta un par de días más. A ella la hechizaron sus caricias que no dejaban centímetro al aire, que buscaban los filos de sus caderas para aferrarse a ellas con desesperación, con apetito, con pasión. Su encanto retumbo con eco la última noche sobria y así no pudo desprenderse nunca más de su imagen anhelante a su lado, cabalgando con su lengua su oído, con sus dedos su talle, con su pelvis sus entrañas, pero lo tenía bien dibujado, para nada su alma. Él siempre evito su mirada de pez y ocultó a sus ojos lo que llevaba dentro. Solo la contempló en sus momentos de estupor, de descanso, ella lo percibió entre sueños, sonrió de gusto. Él disimulo sus pensamientos, esos mismos que en libros color naranja son de arrebato, de incontrolable sentimiento, de poderosa ilusión, de necesidad, de clamor intenso, de expresión desgarrante, desde el corazón delator al cese de su búsqueda, al encuentro de su otra mitad …The End

viernes, 26 de septiembre de 2008

Biografía


...Y te miré cuando llegabas al normal, al normal. Uno nunca sabe, uno buscará lleno de esperanzas los caminos del azar, uno normal uno siempre volverá si uno se mirase desde afuera sin piedad, sin llorar, sin bondad, sin jamas dejarse engañar... Cántame una canción. Estamos en plena acera. No importa... Sonaron las campanas era la fuerza de Dios, el mal tomó su piel, también tomó su voz, nunca aprendió el inglés, el exorcismo será hoy, i love love you so, i love love you so... En esta parte es cuando vuelo con los audífonos puestos, escucho las olas. Ya deja de meterte esa porquería... Cecilia dice siempre lo que piensa y casi nunca piensa como yo, si tengo hambre busca en la despensa y me guisa unos besos con arroz... Escucha, te la dedico. El viejo sigue en el lago... Busco mi piedra filosofal, en lo siete locos en el mar, en el cadáver exquisito, en no tener piedad, en la quinta esencia de la música, dentro mio en el amor y el odio... Te compré esto con mi primer sueldo para que no te rompas las manos... La moneda en la vida de Juan, Chico Buarque los lentes la estatua de sal, el suicida y su gato irreal, lo que fue lo que es lo que ya no será... Verónica Ámbar será el nombre. Adolfo si es varón... Dormir contigo es estar solo dos veces, es la soledad al cuadrado, todos los sábados son martes y trece, llueve sobre mojado... Se escucha del carajo con estas cornetas. Es mucho más comoda que el carro... Sabe amargo el licor, de las cosas queridas, se acabó lo mejor, quién nos quita esta herida, tu me pierdes a mí yo te doy por perdida, es la hora de huir... Adios.


jueves, 31 de julio de 2008

Perro Adiós


¿Recuerdan la canción de la serdiente? de la cual les comenté en El Diálogo.
Mi pequeña Niñaprincesa insiste en modificar las letras de las canciones de mis artistas favoritos o más bien de mencionar entre líneas –sin sentido aparente- el nombre de algún animal u cosa. Lean esto.

Niñaprincesa: Mami quiero escuchar la canción del perro!

Manikita: Del perro? No está fácil hija, a cuál te refieres? Lazy, Clifford, Scooby Doo (la cual coreamos cada mañana junto a Cartoon Network)

Niñaprincesa: Ay ma-mi, muy graciosa (con expresión de enojo) la de Julieta, verdad Lore? (involucrando a la prima)

Manikita: Supongo que hablais de Julieta Venegas, pero me entero que tiene una canción dedicada a un ¿perro?

Niñaprincesa: (gruñido)
Escucha…no lo voy a repetir…la-que-can-ta…que láaastima perro adióooos, me despido de ti y me voy…que lástima, perro adiós, me despido de tiiiiiiiii y me vooooooyyyyyy.

Manikita: Cara de ponche número 2

domingo, 29 de junio de 2008

Otro fragmento de una novela privada


Viene de Fragmento de una novela privada escrita por Néstor Luis González.

Martha con h intercalada se acostumbró como sus predecesoras –poco más de una centena de muchachitas- al desagradable tacto de cuellos grasientos, salados y sudorosos; al nauseabundo aliento de licor barato y sarro; a olfatear sin querer la transpiración del pachulí almizclado con tufo agrio; y a la desagradable y aterradora visión de uñas mugres y amarillentas de tabaco añejo hurgando sus zonas más íntimas.
En dos años endureció las pocas entrañas que le quedaban, fue la etapa preparatoria, el trance obligatorio para no errar ni titubear la noche que decidió vomitar las serpientes anudadas en su estomago al pobre infeliz que yacía inerte sobre sus sábanas limpias y que meses antes, la bautizó su mujer, desde la vez que la ayudó a abortar con rezos a los santos y ramas hediondas sacudidas toda una noche en su entrepiernas.
Los funcionarios encontraron el cuerpo del viejo desdentado sobre el charco de sangre que formó a su espalda una figura parecida a las alas de una mariposa. Ella solapada por la sombra de una antigua y coja peinadora, ubicada en un rincón de la también vetusta habitación, inhalaba su penúltimo cigarrillo del día, pues la gorda tan gorda como la palabra gorda, es decir, la dueña de la tasca donde trabajaba a cambio de un cuartucho, le comenzó a restringir el número de cigarros para preservar su salud.

-Imbécil –esputó al cadáver- merecías que te sacaran los ojos…

-Cállate necia
– le interrumpió la matrona- no ha dejado de ser la campurusa ignorante, absurdamente orgullosa y sorda, sorda como una momia, masculló dirigiendo una nerviosa sonrisa a los criminalistas que empezaban a recoger muestras de la macabra y casi irreal escena.

Los de azul la encontraron sentada, distante, con los ojos en otra dimensión, fijos sobre el cuadro colgado en la pared y pintado por un infortunado y nada brillante artista que desplegó sus lienzos en la plaza del centro para rematarlos por tres reales. El lienzo de un desfigurado jarrón con flores amarillas era solo un punto inmóvil que no interrumpía el infinito recuerdo de Yuri, en sus últimos días de aburrida niñez. A pesar del justificado movimiento de personas, su mente se hallaba lejos del lugar, en la tarde cuando regresó de su graduación de bachiller y debió tapar con un gancho de ropa la respiración para no percibir la hedentina del cuerpo de su madre muerta y recoger sus pocas pertenencias para largarse a la ciudad. Ya nada la detenía, su madre había fallecido esa mañana, lo corroboró clavando con un martillo algunos alfileres en la planta del pie.
Tras algunos minutos los meticulosos investigadores voltearon el cuerpo cual si se tratase de un pesado y maloliente jergón, para descubrir la herida mortal que comenzaba en la nuca y terminaba entre las nalgas del anciano, marcando una brecha de carne brotada de sangre seca, grasa y hueso.
Fue entonces cuando Yuri, o más bien Martha con h intercalada como determinó llamarla el dueño de una tienda para darle más “caché”, dio un sobresalto inesperado y ajeno a su hasta entonces aletargado estado, causando fastidio y suspicacia entre los efectivos que realizaba sigilosamente su trabajo. La joven con su teléfono a lo alto comenzó a tomar fotografías y enseguida los uniformados cayeron sobre ella.

-Pero que hacen? Es mi trabajo, bueno casi, estoy estudiando para ser una gran periodista, exclamó con exaltación.

El inapropiado e inescrupuloso comportamiento -o al menos así resultó para los gendarmes- fue el único motivo entonces para pedir su retiro del lugar y escoltada por dos hombres, Yuri fue despojada de lo que pensaba era la primicia que le daría el seguro y magistral ingreso al medio de comunicación más importante de la ciudad.

-Suéltenmeeeeeeeeeee!!! Desalmados!!! Esta historia es mía, me la merezco, se escuchó su voz hasta el silencio por el pasillo del desvencijado edificio.
En la gráfica: La muerte de Marat (en francés La Mort de Marat) es una pintura de estilo neoclásico, obra de Jacques-Louis David y una de las imágenes más famosas de la Revolución Francesa.

domingo, 30 de marzo de 2008

Cuentos de Carrasco: Las lecciones del Tío Guedez.

En la familia Carrasco, tío Guedez era la puerta a la aventura y la independencia, era el tío rico y bueno, despreocupado, irreverente, pícaro y de paso, con porte de galán. Era el dueño de una farmacia, que se convirtió en la primera plaza de empleo de todos los primos de la familia. A los 14 años Antonio Carrasco recibió la ansiada noticia: ¡Toñito vete a trabajar con tu tío Pablo unas semanas que necesita ayuda en el negocio y así te ganas unos realitos para tus cosas, mijo!
Toño cuenta que a partir de ese día comenzó a aprender y comprender muchas cosas de ser grande. Todas, absolutamente todas las anécdotas con el tío Guedez le dejaban una lección de vida, por muy risibles o inverosímiles que resultaran. No siempre era la actitud más responsable la del tío, pero sin dudas eran gestos cargados de amor y buena voluntad. Con dichas intensiones, el tío llego a casarse cuatro veces, con cuatro mujeres llamadas Mercedes, la última tenía nexos consanguíneos con los Carrasco, por lo que Toño terminó siendo el emisario del tío para que la pareja separada, lograra medianamente comunicarse.
Antonio subía las bolsas del mercado hasta el quinto piso del edificio, luego de un periplo por los negocios del centro para conseguir todo de a cuatro, el tolete de queso o carne dividido en cuatro, la rueda de atún cortada en cuatro, eran cuatro los sacos, los potes, los litros, los kilos. Luego de entregar la encomienda con la lengua colgante, recibía el mensaje que transmitía íntegramente al tío Guedez: Mi tío, Mercedes dijo:
ese hijo del grandísimo diablo, desgraciado, malparido de las tres leche, infeliz degenerado, inservible, dile que se vaya para el coño de su puta madre!!!
Antonio usted no repita eso!
le decía siempre con voz calma y sin el menor indicio de enojo en atención al rosario de insultos. Ya era una costumbre heredada de su vida conyugal.
Ya en la farmacia que quedaba en el casco central, Toño se dedicaba a aprender sobre la preparación de los medicamentos que elaboraba el tío Guedez, el ungüento de glicerina y colorante que curaba el reumatismo de todas las viejas del sector, así como el remedio contra las ladillas. Con una seña, Antonio acompañaba al agitado paciente hasta el cuarto trasero, donde el tío aplicaba una generosa dosis de insecticida en las partes íntimas invadidas por los animalitos. Antonio de inmediato y para evitar quemaduras graves, debía asaltar sin pestañeo la zona con una panela de jabón azul y un tobo de agua. El tratamiento aunque arriesgado siempre tuvo resultados infalibles.
En su período de ayudante el ávido adolescente aprendió a preparar también pomadas, jarabes,
gotas y otros remedios, algunos solicitados a domicilio a cambio de un pequeño recargo en el costo. Para mantener este servicio que mejoró enormemente su clientela, el tío Guedez sufrió muchos inconvenientes pues en las comunidades alrededor creció con los años una ola de vandalismo, hasta que Eugenio le pidió contrato. Eugenio era boxeador y de tantos golpes sufrió de un leve retardo mental, por lo que decidió retirarse de esa profesión, la que le sirvió tiempo después para conservar su imagen de rudo ante los delincuentes, y así la quinta y última bicicleta adquirida por el tío para llevar los pedidos a los hogares, es decir, su herramienta principal de trabajo. En años, no hubo quien se atreviera a robar algún encargo despachado desde la farmacia.
No obstante, tío Guedez no podía evitar que los malhechores hicieran de las suyas en ausencia de Eugenio y así un día en el que Toño debió faltar para hacer una tarea especial de la escuela, un par de malandros intentaron robar el Chevrolet año 56 que estacionaba el tío frente al negocio. Guedez al percatarse sacó veloz una pistola que guardaba entre las gavetas de las hierbas e infusiones, y aromatizada en manzanilla lanzó con todas sus fuerzas el arma contra el malvado duo.
Aunque sirvió para ahuyentar a los hombres, la desesperada acción dejó inservible el parabrisa del vehículo.
Conchole es que no pego una!, se quejó ante Toño tras el incidente.
Tío pero porque usted no disparó, en lugar de tirarle la pistola a los tipos esos!
Noooooooo mijo, imagínate si mato a alguien? me sale más barato sale comprar otro vidrio. Venga vamos a tomarnos un trago de whisky a que Luis!!


Serie Cuentos de Carrasco (último de la primera temporada)
Toño Carrasco es un hombre que tuvo una niñez y una pubertad feliz, vivió en una enorme vecindad donde todos sus habitantes compartían como una gran familia. Asegura que vivió su propio Macondo, con situaciones y personajes tan reales y mágicos como los descritos con todo respeto y distancia por el maestro Gabriel García Márquez. Los relatos de Carrasco que escucho con gustosa atención, que me divierten por horas y que estoy segura, le complace rememorar, son como la canción "Sasha, Sissí y el círculo de baba" de Fito Páez, como las melodías de Fiona Apple, como el escaparate de la casa de mi madre, como las letras de la "Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada", se perciben sepia, huelen a lluvia, avena y polvo.

domingo, 23 de marzo de 2008

Cuentos de Carrasco: El último salto de amor de Amparo

Saltando como una rana en medio de la sala fue la última vez que los Carrasco vieron a Amparito. La primera vez, la recuerda muy bien Toño hijo, iba caminando agarrado de la mano de su padre un sábado por la Plaza Bolívar, cuando apareció ese señor y entre alaridos y sollozos se abrazaron eternamente.
Ese mismo día Amparito fue invitado a casa de los Carrasco a comer un cruzado de pescado para, entre sorbos, recordar el pasado en Río Hacha y actualizar los acontecimientos de sus vidas separados.
“Antonio siempre fue un hombre bueno, nos veía, se volteaba y nos dejaba pasar la mercancía en la aduana”, fue la primera referencia que diera Amparito a la familia Carrasco con los pies bajo la mesa del comedor.
Para el reencuentro, Antonio ya no trabajaba en el puerto pero mantenía con un regular ingreso a su familia, con lo que ganaba, podía llevar a casa el pan y alguna que otra inmodestia. Amparito por el contrario, seguía trabajando como esclavo y recibiendo a cambio tres lochas. Sus trapos, su tostada piel y su deshecho rostro lo delataban. Se dedicaba para entonces a arreglar los patios y jardines de casas ajenas.
En medio de la tertulia, a los hermanos putativos se les ocurrió la idea de escribir una carta dirigida a las familias que contrataban los servicios de Amparito, a propósito de que ese mes de diciembre, éste recibiera como incentivo algún tipo de “aguinaldo”.
Como a Antonio le gustaba la buena lectura y escribía modesta pero elegantemente, Amparito, analfabeta e ingenuo, pidió que le redactara la misiva que, de forma sorpresiva para los lectores, detallaba lo siguiente:

Estimado patrón o patrona, damas y caballeros:
Por medio de la presente notificación me dirijo a usted con la finalidad de solicitar su más valiosa y justa colaboración. En estas fechas de paz y solidaridad agradezco de antemano su atención y desinteresada cooperación para la recolección de vestuario y accesorios de lujos que puedan ser de utilidad para los eventos y galas de este mes de diciembre. Cómo comprenderán no cuento con recursos suficientes para adquirir estos artículos por lo que será de gran ayuda puedan facilitarme trajes negros o marrones y corbatas de variados estampados marca Ralph Lauren, así como zapatos y carteras a juego marca Prada, relojes Gucci, colonias y guantes Montblank, preferiblemente un sombrero Stetson de pelo de conejo y un bastón canadiense Thuasne, que combine con todo.
Sin más a que referirme, les deseo pasen en compañía de sus familiares y amigos una Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo.
Amparo Finol.
Conscientes del origen y el carácter humilde de Amparito, los que recibieron la carta asumieron de forma jocosa la petición, por lo que ese año y cómo nunca antes, recibió atuendos, no tan exactos a los descritos en el papel, pero de excelente calidad y buen estado. Lo donado sirvió para su objetivo de lucir acicalado en la temporada, pero además para camuflarse de “ministro” y cumplir uno de sus anhelos bajo las sugerencias del mismo viejo Antonio.
“Si pasas derechito por el portón con esa pinta, sin mirar a los lados y con cara de confianza, los guardias creeran que eres un Ministro, si por el contrario preguntas, te van a echar, yo que te lo digo”, aseguró Carrasco.
Una semana después regresó Amparito con cara de decepción a contar que los uniformados le habían propinado dos culetazos y casi lo llevan preso por intentar ingresar al Palacio de Miraflores como “perro por su casa”. Antonio pasó casi dos días enteros riendo de la travesura de muchacho que cometió contra el pobre jardinero, quien también terminó divirtiéndose de su anécdota y su torpe propósito.
Fue hasta ese día que cruzaron miradas y palmadas de amistad sobre sus hombros. La última vez que se reunieron en la sala de la casa, Carrasco permanecía inmóvil dentro del ataud, mientras unas 10 personas que recostadas a las paredes rezaban el séptimo de nueve rosarios, miraban con estupor y pánico a Amparito, quien no hizo más que saltar durante toda la noche desde que entendió lo que pasaba, no lloró, no preguntó nada, solo gritó y saltó en mitad de la sala hasta que cayó exhausto al piso, dejando evidencia ante todos del tamaño del dolor y de su amor por Antonio.

Serie Cuentos de Carrasco
Toño Carrasco es un hombre que tuvo una niñez y una pubertad feliz, vivió en una enorme vecindad donde todos sus habitantes compartían como una gran familia. Asegura que vivió su propio Macondo, con situaciones y personajes tan reales y mágicos como los descritos con todo respeto y distancia por el maestro Gabriel García Márquez. Los relatos de Carrasco que escucho con gustosa atención, que me divierten por horas y que estoy segura, le complace rememorar, son como la canción "Sasha, Sissí y el círculo de baba" de Fito Páez, como las melodías de Fiona Apple, como el escaparate de la casa de mi madre, como las letras de la "Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada", se perciben sepia, huelen a lluvia, avena y polvo.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Cuentos de Carrasco: Crímenes de Carnaval


La Paraulata era del grupo de mujeres de la casa amarilla, conocida por los del sector y referida a los extraños como el Burdel de Nancy. Allí residían y trabajaban doce personas, entre chicas y travestis, todas jóvenes y la mayoría provincianas que huyeron de pueblos donde crecieron carentes de afecto y monedas. Llegaron por cosas del destino a casa de la vieja Ramona, el que era su nombre real, quien las adoptó a cambio de que comercializaran sus atributos para poder comer completo y mantener al menos el televisor prendido para la novela del mediodía y los seis ventiladores que emitían más ruido que aire pero que simulaban refrescar las infernales tardes. A veces alcanzaba para que Jacinto, el murió disecado años después, reparara las tablas de las camas rotas por tantas noches de faena.
Carrasco decía que quienes pasaran por la acera de enfrente, escuchaban a toda hora carcajadas y cantos, por lo que se especulaba era un hogar feliz y blindado, porque además, entre todas se protegían de la maldad del mundo.
Una vez como si se tratara de un enjambre de abejas al panal, las doce más algunas vecinas intrépidas, rodearon de manotones y gritos a un forastero con raras y aberradas costumbres. El desventurado propuso a una de las mujeres del burdel, la idea de hacerlo con ayuda de un batidor, que nunca se supo de dónde sacó pero con el cual aseguraba había complacido a más de una decena de amantes de diferentes partes del país. Y sin condón dijo el muy desgraciado, repicó Lucia luego del incidente que dejó al foráneo tirado a mitad de la calle, desnudo y rayado cual cebra a causa de la avalancha de rasguños.
Pero la casa amarilla era sólo una de las tantas casas de citas que se abrieron “clandestinamente” en las dos cuadras completas que había que cruzar en el barrio para llegar a la residencia donde vivían los Carrascos. Antonio, el menor de esta familia se reunía junto a su hermano y todos los muchachos de la residencia en el patio, cada carnaval para jugar a la guerra de agua. A la suerte, se asignaba un centinela, era el que debía vigilar desde la entrada a un grupo que asaltaba el edificio entre las 2 y 5 de la tarde para atacar de una manera muy particular a todo el que se atravesara en su camino, por supuesto, en ese horario no asistía un alma en derredor que conociera la tradición. La Paraulata era una de las cabecillas de esta especie de banda temida por todos los vecinos.
Ahí vienen las puuuuutaaaas!! Era el grito de alerta del pequeño Gonzalo, asmático y quien siempre debía asumir el papel de avizor, tras la ronda de monedas lanzadas a la suerte.
Y se trataba nada menos que de la llegada de las damas de la casa amarilla, quienes con abrillantados y exagerados disfraces coloreaban el patio y los pasillos de la residencia, cargando a cuesta bombas repletas no sólo de agua, eran provistas de orine, talco, huevos podridos, harina de trigo, pintura, excrementos de animales y cualquier otra sustancia que arruinara el traje y el humor del inoportuno transeúnte. No había respeto, consideración o absolución para nadie al momento de atinar el nauseabundo cargamento contra alguna desprevenida o incluso cauta víctima. Bastaba asomar la cabeza.
Las putas fueron las únicas que retaron los conjuros de la negra Miranda, quien una vez según lo recuerda claramente Toño, llegó a casa maloliente y manifestando una retahíla de improperios que parecían más bien fragmentos de una maldición. Pero ni ella, ni el sacerdote, ni el médico, ni el retrasado mental de Pablo, es que ni Lorenzo, el loro de los Parras y ni la hicotea de los González, se salvaron. Eran realmente unas criminales.
Eran tan desalmadas que una vez arruinaron el vestido de novia de la flaca Mónica, una joven del tercer piso quien venía de la iglesia acompañada por la familia para celebrar su boda, cuando la Paraulata y las otras dieron su más estridente e inolvidable grito de carnaval.
Del lado de afuera el hermoso y bondadoso Alicate, robaba los reproductores y cauchos de algunos vehículos estacionados por los invitados a la fiesta del desgraciado matrimonio.


Serie Cuentos de Carrasco
Toño Carrasco es un hombre que tuvo una niñez y una pubertad feliz, vivió en una enorme vecindad donde todos sus habitantes compartían como una gran familia. Asegura que vivió su propio Macondo, con situaciones y personajes tan reales y mágicos como los descritos con todo respeto y distancia por el maestro Gabriel García Márquez. Los relatos de Carrasco que escucho con gustosa atención, que me divierten por horas y que estoy segura, le complace rememorar, son como la canción "Sasha, Sissí y el círculo de baba" de Fito Páez, como las melodías de Fiona Apple, como el escaparate de la casa de mi madre, como las letras de la "Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada", se perciben sepia, huelen a lluvia, avena y polvo.