domingo, 23 de marzo de 2008

Cuentos de Carrasco: El último salto de amor de Amparo

Saltando como una rana en medio de la sala fue la última vez que los Carrasco vieron a Amparito. La primera vez, la recuerda muy bien Toño hijo, iba caminando agarrado de la mano de su padre un sábado por la Plaza Bolívar, cuando apareció ese señor y entre alaridos y sollozos se abrazaron eternamente.
Ese mismo día Amparito fue invitado a casa de los Carrasco a comer un cruzado de pescado para, entre sorbos, recordar el pasado en Río Hacha y actualizar los acontecimientos de sus vidas separados.
“Antonio siempre fue un hombre bueno, nos veía, se volteaba y nos dejaba pasar la mercancía en la aduana”, fue la primera referencia que diera Amparito a la familia Carrasco con los pies bajo la mesa del comedor.
Para el reencuentro, Antonio ya no trabajaba en el puerto pero mantenía con un regular ingreso a su familia, con lo que ganaba, podía llevar a casa el pan y alguna que otra inmodestia. Amparito por el contrario, seguía trabajando como esclavo y recibiendo a cambio tres lochas. Sus trapos, su tostada piel y su deshecho rostro lo delataban. Se dedicaba para entonces a arreglar los patios y jardines de casas ajenas.
En medio de la tertulia, a los hermanos putativos se les ocurrió la idea de escribir una carta dirigida a las familias que contrataban los servicios de Amparito, a propósito de que ese mes de diciembre, éste recibiera como incentivo algún tipo de “aguinaldo”.
Como a Antonio le gustaba la buena lectura y escribía modesta pero elegantemente, Amparito, analfabeta e ingenuo, pidió que le redactara la misiva que, de forma sorpresiva para los lectores, detallaba lo siguiente:

Estimado patrón o patrona, damas y caballeros:
Por medio de la presente notificación me dirijo a usted con la finalidad de solicitar su más valiosa y justa colaboración. En estas fechas de paz y solidaridad agradezco de antemano su atención y desinteresada cooperación para la recolección de vestuario y accesorios de lujos que puedan ser de utilidad para los eventos y galas de este mes de diciembre. Cómo comprenderán no cuento con recursos suficientes para adquirir estos artículos por lo que será de gran ayuda puedan facilitarme trajes negros o marrones y corbatas de variados estampados marca Ralph Lauren, así como zapatos y carteras a juego marca Prada, relojes Gucci, colonias y guantes Montblank, preferiblemente un sombrero Stetson de pelo de conejo y un bastón canadiense Thuasne, que combine con todo.
Sin más a que referirme, les deseo pasen en compañía de sus familiares y amigos una Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo.
Amparo Finol.
Conscientes del origen y el carácter humilde de Amparito, los que recibieron la carta asumieron de forma jocosa la petición, por lo que ese año y cómo nunca antes, recibió atuendos, no tan exactos a los descritos en el papel, pero de excelente calidad y buen estado. Lo donado sirvió para su objetivo de lucir acicalado en la temporada, pero además para camuflarse de “ministro” y cumplir uno de sus anhelos bajo las sugerencias del mismo viejo Antonio.
“Si pasas derechito por el portón con esa pinta, sin mirar a los lados y con cara de confianza, los guardias creeran que eres un Ministro, si por el contrario preguntas, te van a echar, yo que te lo digo”, aseguró Carrasco.
Una semana después regresó Amparito con cara de decepción a contar que los uniformados le habían propinado dos culetazos y casi lo llevan preso por intentar ingresar al Palacio de Miraflores como “perro por su casa”. Antonio pasó casi dos días enteros riendo de la travesura de muchacho que cometió contra el pobre jardinero, quien también terminó divirtiéndose de su anécdota y su torpe propósito.
Fue hasta ese día que cruzaron miradas y palmadas de amistad sobre sus hombros. La última vez que se reunieron en la sala de la casa, Carrasco permanecía inmóvil dentro del ataud, mientras unas 10 personas que recostadas a las paredes rezaban el séptimo de nueve rosarios, miraban con estupor y pánico a Amparito, quien no hizo más que saltar durante toda la noche desde que entendió lo que pasaba, no lloró, no preguntó nada, solo gritó y saltó en mitad de la sala hasta que cayó exhausto al piso, dejando evidencia ante todos del tamaño del dolor y de su amor por Antonio.

Serie Cuentos de Carrasco
Toño Carrasco es un hombre que tuvo una niñez y una pubertad feliz, vivió en una enorme vecindad donde todos sus habitantes compartían como una gran familia. Asegura que vivió su propio Macondo, con situaciones y personajes tan reales y mágicos como los descritos con todo respeto y distancia por el maestro Gabriel García Márquez. Los relatos de Carrasco que escucho con gustosa atención, que me divierten por horas y que estoy segura, le complace rememorar, son como la canción "Sasha, Sissí y el círculo de baba" de Fito Páez, como las melodías de Fiona Apple, como el escaparate de la casa de mi madre, como las letras de la "Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada", se perciben sepia, huelen a lluvia, avena y polvo.

8 comentarios:

nickjoel dijo...

pobre Amparito, que vida tan llena de "controversias", tan llena de situaciones inverosimiles, buenos los consejos de Antonio, esos toques de locura son necesarios para seguir viviendo.... pero entre la desgracia, hubo felicidad, creo yo....
el final tan fuera de serie, lleno de tragedia en medio d ela alegria y la desesperanza.....
como siempre, bueno, muy bueno...
un beso mi querida Ileana... dios ye bendiga

Birrilly dijo...

Cosas de la vida.....

Birrilly dijo...

Holaaaaaaaa, pasa por mi blogg tenes algo para vos alli.

NeoGabox dijo...

Que triste...
Después de tantas cosas vividas, momentos entrañables juntos, ver morir a un amigo del alma... Es triste... :(
Espero que la niña princesa y tu estén cheveres...
Abrazos monocromáticos pa' las dos...
:)

P.D.: Por cierto el 50% no estuvo tan mal... jejeje :P

ROMANO dijo...

:( Me estaba alegrando cuando decaí en emoción. Buenos relatos!
Saludos.

Sandum dijo...

Brillante, creo que le voy a enviar una carta asi a mis jefes a ver si dejo el "ZARA total look" y empiezo a vestirme de otras marcas jajajaja... No he vivido la muerte de cerca, por eso no se que opinar con respecto a eso... Saludos Manikita!

Chapellina dijo...

Uy, pobrecito! :(

Duele, duele mucho ver a tu amigo (o a una persona) inmóvil dentro de un ataud. Jamás se te borra la imagen.

"Tristeza y alegría, así es la vida"

;-)

Anónimo dijo...

Ni pies ni cabeza tiene este relato!